martes, 6 de abril de 2010

CARACAS JULIO 1.967 (HOMENAJE)





Tés a mismiña cara que entón meu neno, a mismiña.

Estaba acostado en el sofá con la indolencia propia de mis siete años. A lo mejor no eran mis siete años, quizá fuera el calor agobiante como una losa ardiente de ese día de julio en la antesala del Caribe. Caracas tenía dos estaciones, la estación del calor y la estación de más calor. Ese debía ser el día record de esta última. Las siete de la tarde. La noche no había amainado ni un ápice la sensación aplastante de calor. Veía a mi madre con alfileres en la boca afanada en marcar patrones para los vestidos que le habían encargado. Mi madre no sudaba nunca y allí donde ella estaba olía a lavanda, a cinta métrica, a tiza de marcar, a aceite de máquina de coser y a telas nuevas. Pero sobre todo allí donde mi madre estaba se expandía una tranquilidad y una seguridad que yo nunca sentí con nadie ni en ningún otro lugar.

En la televisión empezaba la maravillosa sintonía de “La Familia Monster”.








Me encantaba esa serie, adoraba a Ivonne de Carlo y soñaba con ser Butch Patrick el niño Lobo fascinado con los experimentos de su abuelo, el inefable Al Lewis, y mimado por mamá Lily.

Aparte del abundante sudor otros líquidos pugnaban por salir de mi cuerpo así que aproveché la publicidad para dar un salto y correr al baño. Aquel era el baño de servicio que mis padres utilizaban también como almacén. Todo un mundo de objetos se apilaba en ambas paredes y a mi me gustaba imaginar que aquello era el Gran Cañón del Colorado y entraba con el sigilo de un cowboy pistolero consciente del peligro de emboscada de indios agazapados detrás de las cajas de Seven Up, de pies negros llenos de plumas y gritos deslizándose entre los sacos de retales, de sioux borrachos con el Winchester en una mano y una cerveza de las de mi padre en la otra. Yo no les perdía de vista con los ojos entornados bajo el imaginario sombrero de ala ancha. Esperaba el momento oportuno. Me giraba y empezaba a disparar. El número de mis víctimas era inversamente proporcional a la premura por evacuar. A mayor apretón menos indios caían. Los que quedaban los dejaba para la salida. Ese día habían caído sólo dos.

De pronto sentí un vértigo terrible y todo empezó a moverse convulsa y brutalmente, de tal forma que me vi zarandeado de una pared a otra hasta caer en el suelo y allí me iba desplazando sin poder asirme a nada. El ruido era brutal y terrorífico, como el de una explosión enorme . Desde el suelo veía como iban cayendo las cajas con las botellas y se amontonaban unas encima de otras hasta hacer desaparecer de golpe el Gran Cañon tapando del todo la puerta y por tanto la salida.

- ¡Mamá! ¿por qué mueves tanto la casa? Acerté a gritar entre sollozos.
- Yo no estoy haciendo nada –dijo mi madre- ¿dónde estás?
- ¡En el baño! –dije y ya no pude hablar más, el miedo y el llanto habían levantado un muro en mi pequeña garganta.

Estaba atrapado y aterrado, así que me senté y me puse a llorar con la cabeza entre las piernas cuando una nueva sacudida, esta vez más violenta, volvió a lanzarme de un lado a otro como un guiñapo. Estaba seguro de que me quedaría allí enterrado para siempre bajo una montaña de refrescos, cervezas y retales usados. Pero de entre todos aquellos escombros caseros surgió un brazo que me agarró y tiró de mí. Fui por el aire hasta la puerta del baño.

- ¡Meu filliño! ¿estás ben? –preguntó mi madre mientras me abrazaba-
- Si. -susurré-
- ¡Coño de su madre! ¿pero que vaina es esta chico? Tenemos que salir de aquí ahorita mismo carajo.

Mi madre me cogió fuerte de la mano y mientras pasábamos por el salón pude contemplar el cadáver de la televisión que se había precipitado desde su mueble al suelo y yacía boca abajo en medio de un charco de cristales rotos. "Ya no voy a poder ver como acaba este capítulo" pensé.

Nuestro edificio ocupaba casi una manzana, tenia un patio central y un gran pasillo perimetral donde desembocaban las puertas de los apartamentos. Cuando mi madre abrió nuestra puerta para salir un río de brazos, piernas y rostros aterrados corría frenéticamente hacia las escaleras. Yo me dispuse a salir preso de la misma ansiedad, pero en ese momento otra tremenda sacudida hizo que nos tuviésemos que asir a los marcos de la puerta para no caer y el miedo me empujo otra vez a tratar de llegar al pasillo para escapar. Entonces mi madre me atrajo hacia si y me cogió la cabeza con sus manos e hizo que la mirara fijamente. Mi cara debía ser la viva imagen del miedo.

- Tranquiliño meu neno. Tu mamá esta aquí y no va dejar que te pase nada. Vamos a esperar a que salga toda esta gente y luego salimos nosotros. Coge mi mano y no la sueltes por nada del mundo, ¿okay?

Dije que sí con la cabeza y mi cara se fue llenando de lágrimas. Agarre la mano de mi madre y sentí como respiraba hondo. Cuando el pasillo se despejo en nuestro frente mi madre y yo empezamos a avanzar sin correr pero ligeros hacia la salida. Cuando llegamos a las escaleras otra sacudida nos sorprendió en medio y el histerismo se apoderó de todos y aumentaron los gritos y la ansiedad, empezamos a sentir cómo nos empujaban y nos apretujaban, entonces mi madre me cogió en brazos y se arrimó a la pared protegiéndome con su cuerpo y esperó. Sentía el olor de la cinta métrica en su cuello que se mezclaba con la lavanda y el vaho de su respiración profunda. Me puse a pensar en lily, en German, en el abuelo y en lo que haría el niño lobo en esta situación. Los gritos y el estruendo de gente huyendo en estampida se hizo sordo y lejano.

-¡Vamos! -dijo mi madre mientras me devolvía al suelo y me agarraba la mano.

Fuimos los últimos en salir del edificio. Nos dirigimos a paso vivo hacia un amplio parking al aire libre que estaba a escasos 200 metros. Cuando llegamos mi madre se arrodilló a mi altura y me abrazó.

Se separó de mi y con sus manos en mi cara se echó a llorar.

- ¿Ves? ya te dije. Ya te dije meu filliño. Ya te dije carajo.

En la radio de los coches empezaban a informar sobre el terremoto de escala 6.7, que todas las personas buscasen lugares despejados y que estuvieran atentos a las novedades de la gobernación.

Mi padre llegó dos horas más tarde con mis tíos y algo para comer. Yo miraba a mi madre discutiendo con mi padre porque ella quería subir a coger los documentos y el dinero que guardaban en casa y mi padre le decía que él subiría a la mañana siguiente a por todo, que si el edificio no cayó ya no caería. Ella acepto de mala gana. Había venido a este país a ganar dinero y ningún terremoto se lo iba a quitar. Me miró y sonrió con la complicidad de quien ha compartido una gran aventura.

Nunca he querido tanto a nadie como a mi madre en aquella ocasión.

El doctor hablaba de tiempos y de posibilidades, del avance de la enfermedad y de que seguían haciendo todo lo que estaba en su mano para evitar el dolor, pero el miedo ya había paralizado mi mente cuando pronunció la frase "está muy grave".

- Gracias doctor. -me despedí tendiéndole la mano-

Quise recomponer mi cara y mi ánimo antes de entrar en la habitación donde mi madre se moría. Al entrar le sonreí y ella me sonrió a su vez. Se quedó mirándome un instante.

- Estou nas últimas ¿Non?
- ¡Mamá! Non digas parvadas. O doctor dixo que...
- Non meu fillo. Non podes engañarme. Tes a cara de cando o terremoto. Tés a mismiña cara que entón meu neno, a mismiña.

Al amanecer mi madre murió y cogido de su mano también se fue el niño que aún habitaba en mi. A veces los veo a los dos de la mano sonriéndome un instante antes de adentrarse en la espesa bruma de los años.





P.S.: El lunes 5 se cumplieron seis años desde que falta mi Madre que era una de esas Sarmiento con caracter, no se si bueno o malo, yo creo que bueno, en todo caso con mucho caracter. He querido con este recuerdo hacer un homenaje, a mi madre y a todos aquellos Sarmientos cuya ausencia nos duele pues su recuerdo está vívido y se hace presente cada vez que nos reunimos.

Y a los primeros que siempre recordamos son los abuelos, y curiosamente yo creo que los recordamos así, de fiesta, comiendo y disfrutando de la vida...


Las enfermedades siempre son injustas porque nos arrebatan a los seres que definen nuestro universo, pero en el caso de nuestro tío Manuel (Mané, Manix, Manolo) lo es por partida doble, por su juventud y porque con él se fue la más pura esencia Sarmiento (con lo bueno y lo malo que eso implica) pues parecía que hubiera recibido la herencia genética directamente del abuelo. Echamos de menos su simpatía, su bondad y, como no, ese punto caradura que le hacía mucho más cercano...






El coraje y el amor por la vida son facultades admirables y hay que tener mucho coraje y mucho amor a la vida para sobrevivir a un hijo y de estas dos tenía de sobra nuestro tío Antonio (es mi segundo nombre pero no se me pegó nada de él). Era nuestro Manolo Escobar particular y la banda sonora de todas las reuniones de los Sarmiento.







Pero también nos faltan aquellos que no eran Sarmiento pero que de una forma u otra se dejaron seducir por los cantos de sirena sarmientiles...

Nos falta mi Padre.



Nos falta nuestro tio Celso que era rudo en incansable en el trabajo y en la casa pero bastaba con rascar un poco para ver cómo le saltaban las lágrimas por cualquier cosa...




Decíamos antes que las enfermedades son injustas todas pero algunas además son crueles y hay que tener mucha entereza y dignidad para sobrellevarlas. Cualidades estas que nuestro tío Pepe tenía en grado superlativo. Su disciplina y su tenacidad son un ejemplo.



Les echamos de menos a todos. Hoy he querido recordarlos trayendo imágenes de tiempos felices, de aquellos momentos en los que eran protagonistas de todo y todo estaba por hacer. Así es como los fijamos en nuestra memoria, jóvenes, plenos y alegres.

Los recuerdos están bien pero disfrutemos de los seres queridos que protagonizan nuestro presente ahora que aún no habitan los territorios de la memoria.

Y como los recuerdos que afectan a los Sarmiento son siempre alegres termino trayendo la canción bandera de todas las navidades Sarmientiles y que el abuelo cantaba con su particular y total falta de sentido musical...

E o can, e o can, e o can
e o raio do can
roeulle as cirolas
o San Cirolas.

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